Fiestas Populares
Las fiestas patronales en honor de la Virgen del Moral tradicionalmente se venían realizando para el 8 de septiembre, sin embargo recientemente se ha trasladado la celebración a la última semana del mes de agosto para facilitar la presencia de los hijos ausentes del pueblo. Antaño tenían lugar carreras pedestres, cucañas varias, la enjabonada que consistía en atravesar descalzos una viga de madera bien enjabonada que cruzaba de parte a parte el río, ni que decir tiene el jolgorio que se producía con las caídas y los chapuzones. También se recuerda la vuelta que se daba por el pueblo cuando llegaban los músicos, cuya llegada era esperada por todo el mundo en la plaza. Sin embargo se conserva la fraternal comida de fin de fiestas de todos los vecinos y visitantes.
Con menos intensidad que antaño se celebra todavía la fiesta de Santa Lucía con una gran hoguera en la plaza, donde se preparan diversas viandas, entre ellas el típico puchero a base de higos en vino, que compartían todos los vecinos. Para San Antón y San Blas se hacen también pequeñas hogueras en determinados barrios y, dado el carácter agrícola de la población, San Isidro se festeja con la correspondiente procesión y algunos concursos de destreza agrícola que se cierran con un vermú vecinal.
De las antiguas celebraciones del día de la Santa Cruz de Mayo, sólo queda la procesión al peirón de San Miguel para la bendición de los términos. Últimamente ganan en importancia los festejos de la asociación de amas de casa para celebrar a Santa Águeda, en los que toman por un día el bastón de mando de la localidad. Aún se recuerdan las picardías de la enramada de San Juan, la iglesia se llenaba de flores especialmente en la portada; la sanjuanada que consistía en lavarse la cara en el río de madrugada; o el poner zancarrones, esqueletos de caballos, machos o asnos, de noche en los portales donde vivían las mozas menos agraciadas, con el consiguiente disgusto y comentario genera. Todavía hoy, este mismo día de San Juan los quintos plantan en la plaza un gran árbol que es retirado el día de Santiago.
Pero donde de verdad se ponía de manifiesto el ingenio del vecindario era en los carnavales que antecedían a la cuaresma. Como en otras localidades de la contornada, era típico El Cagarrutero, figura carnal con la cara tapada, vestida de harapos y de grandes esquilas, que era el terror de chicos y mayores durante todas las celebraciones carnavaleras, en las que todo el mundo se echaba a la calle derrochando, con sus ocurrencias y gracias, ingenio y simpatía. Eran típicos los desayunos de chocolate con buñuelos, las meriendas a base de longaniza asada de la conserva casera que se daba en proporción al palmo de la mano, y las cenas de conejos asados. Entre las bromas destacaba la peleta, que consistía en manchar la cara a las jóvenes con una piel de cordero embadurnada de sebo de carro, que algunos desaprensivos podían llegar a añadirle vidrios con el resultado que es fácil de imaginar.
Asimismo era tradicional en la festividad de San Antonio de Padua llevar a pastar a la dula, en la partida de Las Cabezadas, a los machos, burros y otros animales de carga y laboreo, aprovechando el día sus dueños para realizar una comida campera. Los tiempos han cambiado, y ya no se ven ir y venir a las mujeres al horno con la cesta de pan amasado sobre la cabeza; la fabricación en agosto de las peazas; los trabajos del agramado del cáñamo que se secaba luego en hornos particulares para llevarlo a continuación a la fuente de La Navaza, donde se lavaba y tendía al sol en los campos próximos, para volver a lavarlo de nuevo y dejarlo dispuesto para el tejido de cálidos lienzos que, una vez lavados con ceniza blanqueadora, quedaban dispuestos para afrontar los duros inviernos de la zona.
También ha pasado al recuerdo la cencerrada que se hacía cuando se casaba algún viudo, en que se hacían sonar ruidosamente esquilas y cencerros, se quemaba alguna albarda vieja y se decían dichos picantes alusivos a los recién casados; las parcelas de tierra con que el ayuntamiento podía obsequiar a los forasteros que se casaban con alguien del pueblo cuando se quedaban a residir allí, parcelas que volvían a la propiedad municipal al fallecer los usufructuarios; la segunda, o pequeña fiesta familiar que daban los padres de los novios al hacerse pública la segunda amonestación de boda, en que las visitas y felicitaciones de familiares y vecinos se correspondían con un pequeño refrigerio que daban los padres de los contrayentes por separado cada uno en su casa.